12 de junio de 2009
14 de febrero de 2009
La Crisis, según Einstein

Einstein dijo: "No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederles a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia, como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar "superado".
Que hoy sea una oportunidad para afrontar nuestros desafíos!!!
Enviado a mi email por:
Salvador Fernández
11 de febrero de 2009
Dos en uno, nadie me lo creera.
Tenía la cabeza caliente luego de un examen de matemáticas. Así que decidí bajar la tensión con una suculenta empanada en las afueras de la universidad. Al tener mi preciosa empanada de pollo con maíz, creí tomar el kétchup (Cachú) y resulto ser el picante a lo que al darme cuenta por las risas de los vendedores, ya era muy tarde y me dio tanta cuerda que podía cargar una batería de 12 voltios. Me dirigí a tomar la guagua con un vaso fon con restos de hielo que saboreaba del jugo porque no aguantaba el picante en los labios, la boca y la garganta, aunque me gustaba la sensación. Al cruzar la avenida, me encuentro en la parada con una sola persona; que creí que era una doña. Mientras inspeccionaba la parada en busca de un zafacón como si se tratara de la búsqueda del tesoro perdido, la que yo pensaba que era una doña, me estaba mirando como si fuese un policía. Luego de colocar el vaso en un rinconcito que hacia acorde con la naturaleza de unas matitas detrás de los bancos de sentarse y porque nunca hay zafacón en este bendito país, le dije a la que yo pensaba que era una doñita que no tenía otra opción donde colocarlo. Para que al menos no me juzgara mal.
Para mi sorpresa, la que pensaba una doñita era realmente una jovencita o muchacha muy bella, preciosa. Se me pusieron los ojos como dos pesetas y pensé: ¡eR Fuete! Entonces ella, borrando mis pensamientos al estilo condorito me dijo: -fue lo mejor que hiciste en vez de tirarlo en el contén o la calle. Como todo hombre macho masculino varón, observé su rostro detenidamente, claro, y lo admito también vi todo lo demás pero solo me detuve en su rostro. India como la Hispaniola, ojos de color negro, nariz fina, pelo largo hasta la tambora, flaca como un tamarindo, me estaba mirando y yo soltero. -¿No deberías estar chequeando si pasa alguna guagua? Pensé dentro de mí mismo. ¡Rayos, una omsa, se me va, parate! No valió que le hiciera seña con todos mis cuadernos, mis brazos, que casi estaba en un segundo carril de la avenida, ni que por poco me arrodillo se detuvo. -¡Fatal chofer de la porra! Me dije en voz alta a lo que regresaba camino al banco de la parada y a las 8 con algo minutos de mi reloj de aquella noche.
Mire como aquella doncella se reía de mí y me cuestionaba: -¿Por qué no se paro? Porque quizás el chofer no le dio el deseo, ni la gana, ni la voluntad de hacerlo. Así de simple, como siempre pasa en este país. Conteste yo a lo que me sentaba junto a su lado, excepto por una funda que ni el color me acuerdo y que para mi desgracia me hacia una gran frontera con ella. Luego entablamos una conversación sobre guaguas que no viene al caso ahora.
Pocos minutos después, se aparece una guagua, esta vez una voladora, y que insistentemente, con voz de ruego el cobrador me pedía que me montara como si el fatal ese supiera que yo voy por esa ruta. Tanto fue la rapidez que me monte sin despedirme. Al mismo tiempo me senté en un asiento que para mi tortura, la ventana del asiento hacia frente con la mirada de aquellos ojos negros que directamente se enfrentaban a los míos como si fuese una competencia. -¿Haz algo idiota, te quedarás ahí? Pensé dentro de mí mientras al unísono la guagua y el cobrador arrancaban con su ritmo. Nuestras miradas se quedaron hasta que el horizonte de humo negro de la destartalada guagua nos separó… para siempre. -Olvide preguntarle su nombre. Pensé yo. –¿Que vas a preguntar tu palomo? Creo que eso también lo pensé.
Saque mi revista para distraer todo esto, quizá para ignorarlo pero fue imposible. Mis pensamientos me azotaban por mi timidez que era la segunda vez que me pasaba lo mismo, mientras que al mismo tiempo y para cerrar con broche de oro la tortura, sonó una canción en ingles dentro de mí. You’re beautiful… is true… and I don’t know what to do, cause I’ve never be with you… El trayecto duró casi una hora y aunque pocos minutos después de la canción había callado mis pensamientos acerca de este asunto, no podía olvidar este suceso que me ha pasado ya 2 veces en diferentes escenarios y que increíblemente paso tal como lo cuento aquí.
